La angustia, la tristeza, a veces el dolor, no son sino condimentos normales de toda vida interesante, de todo momento de creación, de amor. Sin embargo, por otro lado, también la tristeza, la angustia, el dolor, llevan en ocasiones a la mutilación, a la enfermedad y a la muerte.

Por el mismo mecanismo que en algunas personas se elabora la muerte de un ser querido, en otras se instala, de pronto y sin saber, una verdadera enfermedad. La depresión produce una impresión enigmática, pues los propios familiares y amigos del depresivo no pueden averiguar qué es lo que lo absorbe tan por completo.

Es un síntoma que termina mutilando socialmente al que lo padece. Puede dispararse con motivo de una pérdida real y también de un pensamiento, una fantasía, un simple deseo acerca de una pérdida pero, en todos los casos, lo que origina la congoja pasa desapercibido para el mismo sujeto.

De ahí que el trabajo del analista sea ayudar al sujeto a reconocer lo inconsciente en el devenir del síntoma, ya que el sujeto puede saber qué ha perdido, pero no “lo que ha perdido en esa pérdida”.

 

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