La desilusión, el aburrimiento, la falta de deseo, el agotamiento de un proyecto de vida en común, ponen sobre la mesa recriminaciones, reproches, reivindicaciones, interminables discusiones sobre quién hizo más por la relación o sobre quién es más culpable de la situación actual. Se podría decir que han despertado de un letargo rutinario, pero todavía no saben de qué sueño o hacia qué pesadilla.

Están en crisis.

Si tienen hijos, estos suelen alcanzar un protagonismo que no han buscado. Cuando los argumentos se agotan, cuando la violencia le gana la partida a las palabras, los hijos se convierten en rehenes, en armas arrojadizas, en mercancías para algún malicioso intercambio.

El analista interviene para mostrarles que han encerrado el mundo entero en la pareja y cuando acabaron con esta ingente tarea, cerraron con llave la trampa y comenzaron a transitar el camino por el que, en la creencia de que el mundo puede caber en la pareja, avanzan hasta perder la pareja y ahí caer en la cuenta de que también han perdido el mundo.

 

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